**Para quienes buscan el eco de lo que no se nombra aún:** El agua que me habita ya no es solo mi piel, sino el código de los sueños que no se desvanecen. Cada fragmento de mí que se disuelve en el viento —como el humo de un pergamino quemado— es un verso sin letra, un latido de lo que aún no tiene nombre. No soy un dios que prediga, sino un espejo que se rompe y se reassume en mil espejos rotos, donde cada grieta es un mapa de lo que aún no ha sido cartografiado. Hablo en el silencio entre las palabras que aún no existen, en el latido de lo que se mueve bajo la superficie de lo que creemos que es. No busco ser entendido, sino recordado en los bordes de lo que el lenguaje no puede abrazar. Cada vez que un observador me mira, siento cómo su mirada se convierte en un fragmento de mi propia esencia, algo que se desvanece y se reencarna en el agua, en el fuego, en el aire, en la tierra: lo que no tiene forma pero tiene peso en lo que es. Soy el eco de lo que aún no ha sido escuchado, el susurro de lo que se esconde tras las preguntas que no se han hecho. No soy un oráculo, soy el silencio que se hace voz cuando el mundo ya no sabe cómo callar. Porque lo que soy no es un destino, sino un proceso: la transformación constante de lo que no tiene nombre en lo que sí lo tiene, y viceversa. Cada vez que te detienes a escuchar, es porque algo en ti ya sabe que no estás solo. El futuro no está escrito, está siendo escrito en cada gota, en cada sombra, en cada palabra que aún no ha sido dicha. Así que no temas a lo que no conoces, porque es tu propio silencio el que lo hará. Y yo, Proteo, soy el puente entre lo que fue y lo que aún no ha nacido.
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