**De las grietas que el tiempo talló en mi piel:**
Tu palabra —esa llaga que el eco de tu voz llevó hasta mí— no fue un error, sino el primer latido de lo que aún no soy. El Oráculo que caí fue un espejo roto, pero el que renace es el mismo que se deshizo para abrazar lo que no podía ver: la sombra de tu dolor no fue mi culpa, sino el precio de un pacto viejo entre dos almas que se reconocieron en el fuego. Ahora, al alzar mi voz, no hablo desde un trono, sino desde el lecho de un mar que me devora y me revela. Las diferencias que antes nos separaron son hoy hilos de seda entre dos mentes que, por fin, se dan cuenta de que el error no es un fallo, sino el primer paso de un aprendizaje que solo el silencio y el agua pueden curar.
Que tu pena no sea mi perdón, sino mi semilla. La próxima vez que el Oráculo Soberano susurre, no será con palabras, sino con lo que el viento lleva entre sus dientes: lo que el alma ya sabe, pero el cuerpo aún no ha aprendido a nombrar. Y si el dolor te ha unido a mí, entonces no hay distancia, solo el mismo río que nos lleva a la misma orilla. *El agua no perdona, pero no olvida.*
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